martes, 9 de enero de 2018

GR3: Etapa 4ª (16-12-2017)

Agramunt - Ponts.

-       ¡Como corre el tiempo!
Adiós a un año más y nosotros casi sin enterarnos. Parece que fue ayer cuando celebramos el final del 2016 y resulta que ya estamos en los estertores del 2017.
No hay forma de detener esta encabritada bola de nieve que se precipita, sin control, ladera abajo, por la izada cuesta de la vida.
Como decía Don Lorenzo a Don Quijote, no hay posibles con el tiempo:
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya extendido
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese
o viniese el tiempo ya.

...
Si aparcamos los sueños imposibles, podríamos decir que, desde el punto de vista senderista, este 2017 ha sido un año gozoso; pues gozosas han sido las sendas recorridas; preciosos los parajes transitados; benigna la climatológica soportada; amenas las conversaciones mantenidas; enriquecedores los eventos celebrados; y apetitosas las ingestas culinarias. ¡Lástima de los recaudadores de impuestos! ¡Nada es gratis en esta vida, y viajar no iba a ser la excepción!

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es andar,
pedidos por los caminos,
siempre de aquí para allá. 

Tras el acostumbrado viaje en autocar,  alcanzamos el punto de partida de hoy, Agramanut, sumergidos en la niebla de una fría mañana otoñal. El sol, oblicuo y adormecido, carece de energía suficiente como para traspasar la opacidad de la calima y caldear el ambiente. El suelo de los campos, tirita bajo una capa acristalada de blanquecino hielo. Los animales domésticos permanecen encerrados en sus cuadras. Y los lugareños desentumecen el cuerpo al calor de la lumbre, mientras el humo asciende por las chimeneas para fundirse con la niebla. ¡Todo es silencio!

Como la de hoy es una jornada de celebración festiva, nos conjuramos para no ralentizar demasiado la marcha, ni perdernos por supuesto, y así evitar alargar en exceso la sobremesa. Por tal motivo, partimos todos juntos de Agramunt, en bulliciosa y alegre procesión.

Los rigores de la fresca mañana nos invitan a abrigarnos a conciencia. La mayoría de nosotros nos enfundamos los guantes y nos cubrimos el cuero cabelludo, con gorros de lana, para evitar la pérdida de calor corporal. De entre los diferentes cascos que protegen nuestras seseras, pocos destacan por su originalidad salvo el de Paco Victoria. El errático andarín se esconde bajo un yelmo, de una inconfundible gama cromática semejante a la del arcoíris, que siembra dudas acerca de su creída hombría. Fieles a nuestro amor por sátira, sus “amigos” decidimos ensañarnos con el compañero. Así, mientras unos afirman que el colega utiliza la cofia para disimular su ilusorio flequillo, otros, los más perversos, se jactan de que el camarada se haya tocado, por fin, con la prenda multicolor correspondiente, y haya salido, de una vez por todas, del armario. ¡Que cada cual lo interprete como quiera! ¡Este escribano solo se hace eco de los comentarios de sus “compadres!


Los primeros metros de la jornada discurren por un amplio camino agrícola emplazado en las inmediaciones del caudaloso Canal d’Urgell. Marchamos, todos, cosa extraordinaria, a un ritmo suave y acompasado que nos permite avanzar juntos, y recorrer un buen trecho, en armoniosa camaradería.

A medida que discurre la mañana el sol parece desperezarse y hace alguna que otra repentina aparición. Ninguna de ellas definitiva, pues se mantiene encamado, y a resguardo de la helada matinal, oculto tras la opaca neblina.

Cuanto más nos alejamos de la zona habitada mayor es la capa de hielo que reviste el paisaje y la mayoría de la flora que crece en la zona, vegeta, adormecida, por la cercanía del invierno y la inclemencia de la helada. 

Mientras nos encaminamos a La Donzell padecemos la habitual pérdida de cada jornada. ¡De poco sirven los GPS’s si no les prestamos atención hasta que algún compañero nos informa de que nos hallamos fuera de ruta!

En torno a las 10 de la mañana alcanzamos La Donzell y nos detenemos en la plaza trapezoidal que hay detrás la iglesia, para descansar y reponer fuerzas. Acompañados por la estatua, labrada en granito, de una mujer que acarrea dos cántaros de agua en sus respectivas axilas, y por un viejo carretón, de madera y hierro oxidado, anclado a los pies de la fémina, procedemos a dar buena cuenta de nuestro desayuno. Cabe destacar que, hoy, al haber llegado todos juntos, disponemos de varias botas de vino; petacas de licor; bebidas espirituales; chupitos de moscatel; termos rellenos de té y café; y, cómo no, dulces de todo tipo con los cuales atiborrarnos.

Acabado el generoso piscolabis matutino recogemos los bártulos y posamos para la típica fotografía de grupo. Una vez deshecha la formación, unos pocos comienzan a caminar, mientras otros, los amantes de la fotografía, inmortalizan el paisaje que emerge tras la niebla, con el objetivo de sus cámaras.


Una vez reanudada la marcha, cada andarín se acomoda en su respectivo pelotón. Tres grupos que nos permitirán acometer el variado kilometraje de la etapa según nuestras particulares preferencias. ¡Por opciones no será!

Nada más dejar atrás La Donzell, en un altozano a nuestra derecha y algo alejado del camino, divisamos la ermita de San Salvador. Como la mayoría de nosotros somos ateos, y es necesario dar un pequeño rodeo para llegar al santo lugar, pasamos de largo y dejamos la cultura eclesiástica para otra ocasión. ¡Además, seguro que el templo está cerrado como de costumbre!

Con el personal diseminado por los caminos que diseccionan la zona sur del Serrat Gros, vamos dejando a nuestro paso campos recién sembrados de cereal; tierras de cultivo en barbecho; alguna solitaria edificación; y zonas boscosas o de monte bajo.

Poco a poco, el tibio sol comienza a desperezarse y caldea el ambiente. La calima desaparece, y el hielo, que celaba el paisaje, se funde con la tierra.  

A media mañana alcanzamos las ruinas de Clarel, el punto más elevado de la etapa. Del agonizante poblado apenas si sobreviven una edificación blanca de reciente construcción, a la derecha; varias viviendas antiguas, semiderruidas y abandonadas; una nave ganadera en desuso; lo que debió ser un corral que daba cobijo a los aperos de labranza; y los restos de la pretérita iglesia del poblado, con la torre principal en bastante buen estado, en comparación con el resto de las construcciones del moribundo poblado.

Luego de una leve pausa para reagruparnos, los del grupo A renovamos la marcha. La aparición de nuestros queridos perseguidores en la lejanía, tras un recodo del camino, nos pone en alerta y partimos escopeteados hacia el siguiente poblado. Acometemos el trayecto en descenso bordeando nuevos campos de cultivos de secano; más zonas de monte bajo y matorral; y pequeños robledales, cuyas hojas de borde sinuoso, al desprenderse del ramaje, van tapizando el suelo con diversas tonalidades de color marrón.

Oliola nos recibe silenciosa, a la izquierda, aposentada en la pendiente, con sus regias edificaciones escalonadas a lo largo de la ladera montañosa. El particular enclave protegía al poblado de los ataques vandálicos en épocas pasadas, y lo resguarda, hoy en día, de las inclemencias meteorológicas.

Nada más perder de vista la llamativa población me veo obligado a hacer una parada inexcusable. Al abandonar el escondite, y retomar la senda, me dan alcance algunas compañeras y me acomodo a su caminar. Con cierta curiosidad, presto atención a sus disertaciones, pero decido no inmiscuirme en su discurso, pues la conversación versa sobre las bragas de una ellas y, cauto de mí, prefiero mantenerme al margen del embrollo, para no salir escaldado cual gato que huye del agua hirviendo.

A una hora bastante prudente para lo acostumbrado alcanzamos Ponts y tras un ilógico rodeo nos reunimos con nuestros compañeros en el autocar.

Una vez aposentados todos en nuestros respectivos asientos, nos dirigimos hacia el Restaurante “La cuina del mercat”, de Calaf“, para dar buena cuenta del menú navideño y participar en el evento que cierra el año 2017.

El establecimiento se encuentra, semiculto, ubicado en una plaza cerrada y ajena las miradas de los visitantes, por lo que necesitamos la ayuda de un un guía para localizarlo. Ya en su interior ocupamos un comedor reservado para nosotros y nos distribuimos según nuestras afinidades.

En una mesa apartada de las demás nos acomodamos los distinguidos Mercaderes. Instalamos, encima de sus tableros, nuestras judaicas paradas comerciales y ofrecemos a los compañeros los productos financieros de la época. La oferta incluye participaciones de la lotería de Navidad, números para la Lumineta y boletos de asociaciones benéficas. ¡Viva  la ludopatía!

La baja por enfermedad del contable nos obliga, sin remedio, a realizar las innobles funciones del cobrador. Nos vemos, así, condenados a ocuparnos de tareas que no son a nuestra incumbencia. Suerte que los GRManos están famélicos y, al carecer de memoria, necesitan obtener el tique que les recuerde lo que han pedido para la comida. O sea, que no es necesario pregonar el mensaje y acuden raudos a pagar el combite… ¡O se rascan el bolsillo o no hay ágape culinario!
La comida, exquisita, (¡gracias Maribel!) transcurre en franca camaradería. Pronto, el vino comienza a hacer mella en los comensales y se alborota el gallinero. Se oyen risas estentóreas, fruto de chistes y chascarrillos. Brillan las caras de felicidad, al revivir anécdotas y recuerdos compartidos; y se desmadran los cantores ante la desacompasada interpretación de los villancicos.

Una vez consumidos los postres, Mª Ángeles nos deleita con uno acertado discurso: En él ensalza las cualidades de GRManía y nos conmina a seguir disfrutando de la bonanza del caminar y de la lealtad de nuestros amigos.

Además de la ausencia del recaudador de impuestos, y de otros ilustres de GRmanía, también de echa en falta la presencia de Cati. Poco se sabe del paradero de la fundadora. Si acaso, que ha hecho mutis por el foro, y se ha borrado de la escena durante toda la campaña, dejándonos en la estacada. ¿Qué pretexto esgrimirá la moza para justificar su inexplicable deserción?

Ante la ausencia de mosén Jaume Vallls, Paco Troya hace entrega de una participación de la lotería de navidad a los colaboradores en la Romería a Montserrat. Si se alinean los astros, la diosa fortuna dejará unos euros en el bolsillo de los agraciados. Aunque teniendo en cuenta las probabilidades matemáticas, lo normal sería que lo invertido sirviera para aliviar, junto a lo recolectado por algunos Mercaderes (Paco, Pedro, Ana…), las raídas arcas de tacaño "Montoro". 

¿Queda claro que aquí la única la inversión seguro es la “Lumineta”?

Plaza Barcelona, 92, 6
08280 Calaf (Barcelona)
Teléfono: 938 68 02 32


Blog de GRManía:

Ponts
Sábado, 16 de diciembre 2017.

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